Hace pocos meses un tipejo mató a su novia junto a mi piso, en un aparcamiento exterior. Toda la vecindad anduvo escandalizada. Quien más quien menos conocía a la víctima y al asesino. Gracias a la valentía de un vecino se detuvo al hijo de puta. Todos los vecinos se solidarizaron. "¡Menudo cabrón! ¡Es que se venía de venir!"
Ya.
Después de todo, la niña murió. Hubo solidaridad de barrio, como toca. Bienintencionada pero morbosa. Se encendieron velitas sobre la sangre. Se prometió mantener viva la llama del recuerdo. Siempre.
Se acercan las fallas. El parking es lugar de fiesta en el que montan las verbenas. Ya nadie enciende velitas. ¿Para qué? Ya pasó. Donde murió la niña bailarán los borrachos. Es lo que toca.
sábado, 1 de marzo de 2014
martes, 28 de enero de 2014
Cuento de navidad con mendigo
Esta es una historia ya leída. Un
aficionado se propone escribir un cuento de navidad. Tan sólo tiene el título:
“Cuento de navidad con mendigo”. Al aficionado le suena muy navideño, en la
línea de “¡Qué bello es vivir!” y otras historias por el estilo. El cuento, se
dice, ha de tener un tono entrañable sin caer en lo blandengue. Y nada de
milagros ni referencias al niño Jesús ni a ningún otro niño. El aprendiz de
escritor, bloqueado, no avanza más allá del título, por lo que recurre a la
técnica rousseauniana del paseo. Para que un paseo resulte eficaz e inspirador
hay que evitar distracciones. Por lo tanto, nada de perro ni de auriculares.
Pero ¡ay! el barrio está muy animado en navidad, y al escritorzuelo le basta el
vuelo de una mosca para despistarse. En realidad, el aficionado posee una vida
interior abisal, pero funciona por hiperenlaces, de modo que puede comenzar
observando el vuelo de la mosca y terminar encontrando la solución a todo de
todo en el culo de los mandriles. Esta dispersión, que pudiera parecer una
virtud, hace que, en ocasiones, el escritorcillo se pierda en un laberinto del
que no encuentra la salida.
Veamos, se dice, qué me sugiere la
palabra "mendigo". De entrada, es del todo incorrecta. Mejor sería
"sin techo" o "vagabundo". Pero es que yo quiero que el
mendigo de mi cuento sea sedentario, el que pide en la puerta de la parroquia
al que conoce todo el mundo. Desde luego, si alguien escuchase tus
pensamientos, pensaría que eres un clasista capullo. Que lo eres, sin duda,
(capullo, que no clasista) porque esta historia todavía no ha empezado y ya no
tiene arreglo. Quizá, podría hacer que el mendigo le diese una lección de
humanidad a un presidente de escalera. ¡Menuda gilipollez! Vamos a ver...
Herramientas del mendigo: cestita con algunas monedas y cartón con el lema
"Tengo hambre". ¡Ya lo tengo! Un coleccionista de monedas (¿cómo se
llaman? ¿almonedistas? ¿numismáticos? ¿atontaos?) le da al mendigo una valiosa
moneda por equivocación. Para cuando cae en la cuenta, el mendigo ya ha gastado
su dinero aquí y allá. El ¿numismático? y el mendigo pasarán el día rehaciendo
la ruta de lugares miserables por los que pasó el segundo, comprendiendo ambos
que sus vidas no difieren demasiado la una de la otra. Sus alegrías, sus
tristezas, en fin, toda esa mierda. Por cierto, la moneda, tan parecida a un
euro, no aparecería nunca. Posiblemente, el mendigo se la jugaría en una
tragaperras. Vaya mierda. Un momento. Mejor así: el ¿almonedista? atisba la
valiosísima moneda entre las del cestillo e intenta timar al mendigo. Se ve que
algún alma generosa pero ignorante la ha dejado caer ahí. El coleccionista le
propone un juego al mendigo. Un juego en el que el mendigo, aparentemente, no
pueda perder. Las monedas de su cesta a cambio de un billete de cien. Al avaro
le saldrá mal el jueguecito y la moneda se perderá para siempre. He de pensar
el juego. A ver. Algo relacionado con que las monedas floten, a ser posible en
la pila bautismal. "Si consigo que tus monedas floten en la pila
bautismal, me las quedo todas. Si no lo consigo, te doy cien euros por tan sólo
una de ellas" (o algo así). "Voy a avisar al padre Nicomedes para que
nos deje hacer el experimento en la pila bautismal". Cuando regresa, el
cestillo está vacío. "¿Dónde están las monedas? Como tardaba -contesta el
mendigo- he probado en la orilla del río. No ha flotado ni una. Me debe cien
euros. Y esta moneda es para usted". Y el mendigo saca una moneda. Podemos
dejar un final abierto (los odio), que no se sepa de qué moneda se trata. O dos
posibles finales: con la moneda
valiosísima o con una de céntimo. Y entonces... ¡Joder! ¡Parezco el
nieto tonto de la mascota de Roald Dalh! Por cierto, ¿en qué peli de los Monty
Phyton salía lo de las piedras? Uno dice "A ver, dime cosas que
floten", y el otro contesta "¿Las piedras pequeñas?" Voy a
entrar en el mercado. Seguro que me inspiro con los caquis y las habichuelas
medianas. Pero... ¿qué es este ruido infernal? ¡Villancicos! Este país es la
pera. La gente hace ruido cuando protesta y cuando se divierte. Parece
obligatorio berrear y montar bulla. "¡Mirad, mirad cómo me divierto!
¡Mirad, mirad cómo protesto! ¡Chumba, chumba, chumba!" ¡Hostia puta
mandarina! Estoy hecho un iaio renegón. Pero es que es la leche. De aquí nada
organizarán saraos en los entierros, a lo Niuorlins. Tengo que revisar mis
últimas voluntades. Nada de bandas municipales tocando el "Adiós amigo,
good bye my friend". Lo menos que se puede pedir en un entierro es que la
gente finja estar triste. Lo que sí tengo claro es la música de mi cuento de
navidad con mendigo: Dean Martin. "You're nobody 'till somebody loves
you". El Rat Pack. Uhmmm. Éstos sí que molaban. Eran unos machos. Y no como yo, que me gustan los
valses, los ungüentos y las regalías. Bueno, no. Porque yo soy un canalla. O
quiero serlo. Pero no de esos chulos de las películas americanas que hacen que
las chicas finas hagan cualquier cosa que él les pida. Yo quiero ser un canalla
lumpen, de bareto cutre (no me lo creo ni yo). Como ese bar de Madrid, donde la
parroquia aguantaba de once a una de la noche trasegando vinos y gin tonics. ¡Y
qué parroquia! Neorrealista. Narices grandes con venillas, chepas y calcetines
color carne. ¡Y qué callos cocinaban! ¡La Mare de Deu! ¡Mel de romer! Sin embargo, luego me
llevé al pobre Juanito Márquez a cenar a un cutre con encanto donde los callos
sabían a Pato WC. Callos. Mmmm. Voy a acercarme al puesto de la casquería y a
ver qué encuentro por ahí…
Y así hasta el infinito.
De vuelta a casa, el escritorcete se
cruza con tres mendigos. Uno arrastra un carrito de supermercado con todas sus
pertenencias. Otro le pide un cigarrillo. El tercero duerme frente a la entrada
del edificio donde vive el escritorzuelo.
El aficionaducho ha perdido todo el
interés por la historia. Siempre ha sentido curiosidad (quizá malsana, aunque
su bondad fingida no lo admita) por saber qué le puede ocurrir a alguien para
acabar viviendo en la calle. Supone que hay motivos muy diferentes y que, en
muchos casos, el alcohol tuvo buena parte de culpa. Una vez, tuvo una relación
de camaradería con un mendigo que vivía en un coche abandonado, pero nunca
consiguió que le contase nada de su vida anterior. Se limitaba a dejarse
invitar a vinos y a contar chistes que muy a menudo sólo entendía él.
No hace mucho, el mediocre juntapalabras
esperaba el autobús. Era verano. Detrás de él, un mendigo, sentado en la acera
y acompañado por un perrillo dormido, lloraba desconsoladamente. Los
transeúntes transitaban. A nadie parecía importarle aquel hombre afligido. El
escritorzuelo no sabía qué hacer. Sentía un profundo pudor y temía molestar.
Pero, finalmente, se sentó junto a él. Se trataba de un hombre joven, de unos
treinta años, de barba y cabellos rubios. No pedía dinero. Sólo lloraba.
¿Necesitaba algo? ¿Estaba enfermo? ¿Quería que llamase a alguien? El hombre
negaba con la cabeza. ¿Seguro? ¿No puedo ayudarte? Pasado un rato, el joven
miró al aprendiz de escritor y le dijo entre sollozos: “Es que es muy duro, es
muy duro”.
¡Feliz navidad!
sábado, 18 de enero de 2014
Aburrimiento, mentecatez y patriotismo
Robertson Davies pone en boca de Magnus Eisengrim, el mago protagonista de su novela "El mundo de los prodigios", la frase siguiente: "El aburrimiento, la mentecatez y el patriotismo, especialmente si se combinan, son tres de los mayores males del mundo en que vivimos".
Aunque con matices, estoy de acuerdo con el mago.
El aburrimiento, si no es buscado, conduce a la molicie y la estulticia, cuando no a la maquinación o la maledicencia, que me dan mucho miedo. Yo me he aburrido poco, porque no sé. Pero cuando me han aburrido, que es algo bien distinto, me he irritado. Me irrita que me obliguen a ir de compras, sobre todo a los centros comerciales, porque me aburro profundamente y tengo la sensación de estar perdiendo el tiempo sin proponérmelo. Me irritan, aunque disimulo por educación, las personas que me cuentan asuntos que no me interesan nada o que no me incumben. ¿Hay algo que irrite más que un niño diciendo que se aburre? Otra cosa es buscar el aburrimiento como método de relajación. Pero, como ya dije, yo lo he intentado pero no lo he conseguido porque no sé. Es lo que tiene vivir inquieto.
La mentecatez es, sin duda, peligrosísima. El mentecato, es decir, el escaso de juicio y entendimiento, el que anda privado de mente, suele ser, paradójicamente, un tipo soberbio. El mentecato suele pensar que lo sabe todo. Y es que la ignorancia es atrevida. Y lo peor es que los mentecatos tienen su público. Supongo que Dios los cría y ellos se juntan.
El patriotismo es cosa de mentecatos. Ya lo dijo el doctor Samuel Johnson: "El patriotismo es el último refugio de los canallas". Un patriota, por lo tanto, es un paleto con mala fe. Y, casi siempre, un racista. Nunca entenderé que alguien se sienta distinto o mejor que otro por haber nacido en tal o cual lugar. Y eso que yo nací en el Grao de Valencia, circunstancia que, como es sabido, imprime hermosura y carácter.
Patriotas aburridos y mentecatos, sin comas, abundan por doquier. Yo ya no sé a quién votar.
Aunque con matices, estoy de acuerdo con el mago.
El aburrimiento, si no es buscado, conduce a la molicie y la estulticia, cuando no a la maquinación o la maledicencia, que me dan mucho miedo. Yo me he aburrido poco, porque no sé. Pero cuando me han aburrido, que es algo bien distinto, me he irritado. Me irrita que me obliguen a ir de compras, sobre todo a los centros comerciales, porque me aburro profundamente y tengo la sensación de estar perdiendo el tiempo sin proponérmelo. Me irritan, aunque disimulo por educación, las personas que me cuentan asuntos que no me interesan nada o que no me incumben. ¿Hay algo que irrite más que un niño diciendo que se aburre? Otra cosa es buscar el aburrimiento como método de relajación. Pero, como ya dije, yo lo he intentado pero no lo he conseguido porque no sé. Es lo que tiene vivir inquieto.
La mentecatez es, sin duda, peligrosísima. El mentecato, es decir, el escaso de juicio y entendimiento, el que anda privado de mente, suele ser, paradójicamente, un tipo soberbio. El mentecato suele pensar que lo sabe todo. Y es que la ignorancia es atrevida. Y lo peor es que los mentecatos tienen su público. Supongo que Dios los cría y ellos se juntan.
El patriotismo es cosa de mentecatos. Ya lo dijo el doctor Samuel Johnson: "El patriotismo es el último refugio de los canallas". Un patriota, por lo tanto, es un paleto con mala fe. Y, casi siempre, un racista. Nunca entenderé que alguien se sienta distinto o mejor que otro por haber nacido en tal o cual lugar. Y eso que yo nací en el Grao de Valencia, circunstancia que, como es sabido, imprime hermosura y carácter.
Patriotas aburridos y mentecatos, sin comas, abundan por doquier. Yo ya no sé a quién votar.
sábado, 4 de enero de 2014
55 cosas que me gustan y otras 55 que no me gustan
Me gusta
1- Estornudar muy fuerte.
2- Comer berenjena.
3- La curiosidad.
4- Los gatos.
5- Los cines abandonados.
6- Navegar.
7- Cocinar.
8- Los desguaces.
9- Otras cosas de las que hablar.
10- Mi casa.
11- Dormir.
12- Los vencejos.
13- La leña.
14- El baile absurdo.
15- Las campanas.
16- La Malva-Rosa en invierno.
17- Bucear entre la chatarra.
18- El boxeo.
19- Los relojes parados.
20- El vino.
21- Cuando callan las cigarras.
22- Las peonzas.
23- Hacer el muerto en el mar (boca arriba, lejos de la orilla).
24- La siesta.
25- Las tormentas de verano.
26- Encontrarme solo con mis amigos.
27- La tinta.
28- Los piñones.
29- Los ojos de los calamares gigantes.
30- La magia.
31- El chocolate amargo.
32- El número phi.
33- Pasear.
34- Las canicas.
35- Las pesadillas.
36- Regar.
37- Sacarme la pelusa del ombligo.
38- Los primeros planos y los planos generales extremos.
39- Doblar a la turbamulta en las películas de catástrofes (“¡Oh, Dios mío, moriremos todos!”).
40- La radio.
41- Cantar con voz grave en un cuarteto de duduá.
42- Las estaciones de tren abandonadas, los barcos varados, las casas deshabitadas y las fábricas de ladrillos oxidados y manómetros a cero.
43- Formentera en 1980.
44- La bossa nova.
45- El agua con gas.
46- Los chistes de mi padre y practicarle la maniobra Heimlich a mi madre.
47- Las lágrimas de San Lorenzo.
48- Esa palabra que no conocía.
49- Encontrar y coleccionar fotografías de desconocidos.
50- Ver figuras en mi caca.
51- Lo usado (menos los zapatos).
52- El Padrino II.
53- Rascarme hasta hacerme sangre.
54- Los sombreros y cualquier otro tipo de objeto que se pueda colocar sobre la cabeza.
55- Mi árbol genealógico.
No me gusta
1- Que a Ana no le guste que estornude muy fuerte.
2- Los gritos.
3- Las puertas que chirrían en las clínicas.
4- Navegar.
5- Amontonarme.
6- La música grandilocuente.
7- Los coches.
8- Los perros pequeños.
9- Las avenidas.
10- Los maleducados (sobre todo los niños y los viejos).
11- La anestesia.
12- Más de seis personas.
13- El lavavajillas.
14- Cortarme las yemas de los dedos.
15- Mutilarse.
16- Despertar de mal humor de la siesta.
17- La adolescencia.
18- Dios.
19- Los paletos.
20- Los que ocupan las aceras.
21- Los que creen que eres un asesino en serie por tener la camiseta manchada o un agujero en el pantalón.
22- Los trucos.
23- Que se enrede un pelo entre los dedos mojados.
24- Las bayetas aceitosas.
25- Los que conducen con la palma de una mano.
26- La superstición.
27- La vanidad.
28- Mi nariz taponada.
29- Que no me devuelvan los libros.
30- Los que dicen que les gusta la comida basura.
31- Las astillas.
32- Los que se sientan a mi lado en el autobús o el metro y, poco después, cambian de asiento.
33- Las fiestas sorpresa.
34- Las enfermedades con r doble: piorrea, gonorrea, hemorroides, sarro, garrapatas, burricie, etc.
35- Ser insomne e hipertenso.
36- Tolkien.
37- Comer al aire libre.
38- El sonido eco-caverna-palatal de los que comen pipas.
39- El hipo.
40- Los que no dejan bajar antes de subir.
41- Que después de cocinar con calma se coma con ansia.
42- Los espías.
43- Envejecer.
44- Cenar fuera de casa.
45- Los racistas inversos (aquellos que tienen un amigo negro porque mola, aunque sea un gilipollas).
46- La intranquilidad de la que no escapo.
47- Los parásitos, incluidos la lamprea y los perros pequeños.
48- Volar en avión o en cualquier otro artilugio humano (me fío más de la tecnología extraterrestre).
49- Los chicles pisados en las aceras.
50- Las redes sociales.
51- Los pelos que crecen en lugares inopinados como las orejas o los omóplatos.
52- Vivir sin parar, que es un sinvivir.
53- Medicarme.
54- Quienes se empeñan en enfrentar asuntos compatibles: ¿y tú de quién eres, de Tintín o de Asterix? ¿de los Beatles o de los Stones?
55- Quienes no entienden que no se puede ser a un tiempo del Barça y del Madrid, a veces de izquierdas y a veces de derechas, etc.
jueves, 19 de diciembre de 2013
Vivir sin parar es un sinvivir
Quien acuñó la frase "Vive cada minuto como si fuera el último de tu vida" era un gilipollas. Si vives cada minuto de tu vida como si fuera el último la palmas en pocos minutos. Vivir sin pausa es de cretinos y no sirve para nada. Yo soy un cretino. No siempre, porque estoy un poco vivo, pero sí a menudo. Los minutos, las horas, los días, las semanas, los meses, los años pasan a una velocidad de vértigo cuando vives cada minuto como si fuera el último. Como dijo Lennon: "La vida es aquello que te ocurre mientras haces otras cosas" (o algo así, que no tengo tiempo para buscarlo en Google). La vida debería componerse de ávidos momentos de curiosidad, tiempos pausados de reflexión y otros tantos de letargo. Yo, ahora mismo, sólo siento intranquilidad y también, paradójicamente, un profundo hartazgo. Y va y me pongo el WhatsApp. Lo dicho, soy un cretino.
viernes, 6 de diciembre de 2013
Tres frases de memoria obligada entre mis amistades
"El mundo es como... una pera". C. O. E. de sobremesa, tras una extensa conversación acerca de la existencia o no existencia de Dios y la preponderancia del azar en el universo y nuestras vidas en contraposición a la idea del orden dentro del caos planteada por el matemático Fibonacci en el siglo XIII.
"Señora, yo me ahorco". E. M. C. tras un involuntario episodio erótico-etílico con una mendiga vieja.
"La madre de David es el padre de Javier". Poema escrito con el dedo por F. G. B. en el barrillo de la luna trasera del Ford de la madre de David. El poeta, siempre preciso en la expresión, añadió más tarde en palimpsesto: "La madre (negra) de David es el padre de Javier". A la madre de David no le hizo ni puta gracia la hermosa sentencia cuando, por la mañana, condujo su coche de camino al trabajo.
lunes, 28 de octubre de 2013
Manolo Escobar
Nos mudábamos de estudio y Carlos se
deshizo de muchos cuadros y esculturas que ya no le gustaban. Según me dijo, eran un lastre.
Llegué
tarde al taller, a eso de las once, y Carlos tronzaba los cuadros, vueltos del
revés, a
patadas en el bastidor. Supuse que le resultaba menos doloroso que los cuadros
estuvieran apoyados de cara a la pared, sin mirarle. Aunque tampoco vi que
sufriese demasiado en la tarea. En realidad, parecía disfrutar. Contradicciones
de artista, como suele decirse. O simple disfunción, como la de cualquier otro.
El caso es que pude rescatar la pieza central de un tríptico titulado "Final de
copa". Los elementos laterales yacían desgarrados y astillados a un lado. No puedo describir
la resolución técnica de la pintura, su brillo,
transparencias o texturas (para esto habría que observarlo y tocarlo "en directo"), pero sí su narrativa. El elemento
central, el que conservo y disfruto en mi piso, representa una gran copa sobre
la que flota una gamba ingrávida. Mide 200 x 130. Cada uno de los paneles laterales,
200 x 70, aproximadamente. Si no recuerdo mal, en cada uno de ellos había una gamba orlada de rosas
azules. Una de las gambas miraba a la derecha y la otra a la izquierda,
buscando la simetría de la composición. Unos años antes, Manolo Escobar, que además de folclórico era coleccionista de
arte, quiso comprar el cuadro. Pero, qué curioso, sólo le interesaba la pieza del centro. Carlos, como es lógico, le dijo que se trataba
de un cuadro uno y trino, como la
Santísima,
y que de ninguna de las maneras iba a desmembrar su obra. ¡Ni por todo el oro del mundo! ¡Faltaría más! ¡Un poco de respeto, hombre!
Y esta es
la historia de cómo
Manolo Escobar no pudo comprar un pedazo de cuadro, de cómo Carlos perdió con dignidad algo de dinero y
de cómo
parte del óleo
titulado "Final de copa" acabó colgado (y admirado) en una pared de mi piso.
Manolo
Escobar (1931-2013) DEP (aunque yo era más de Lou Reed).
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