sábado, 4 de enero de 2014

55 cosas que me gustan y otras 55 que no me gustan

Me gusta

1-     Estornudar muy fuerte.
2-     Comer berenjena.
3-     La curiosidad.
4-     Los gatos.
5-     Los cines abandonados.
6-     Navegar.
7-     Cocinar.
8-     Los desguaces.
9-     Otras cosas de las que hablar.
10-  Mi casa.
11-  Dormir.
12-  Los vencejos.
13-  La leña.
14-  El baile absurdo.
15-  Las campanas.
16-  La Malva-Rosa en invierno.
17-  Bucear entre la chatarra.
18-  El boxeo.
19-  Los relojes parados.
20-  El vino.
21-  Cuando callan las cigarras.
22-  Las peonzas.
23-  Hacer el muerto en el mar (boca arriba, lejos de la orilla).
24-  La siesta.
25-  Las tormentas de verano.
26-  Encontrarme solo con mis amigos.
27-  La tinta.
28-  Los piñones.
29-  Los ojos de los calamares gigantes.
30-  La magia.
31-  El chocolate amargo.
32-  El número phi.
33-  Pasear.
34-  Las canicas.
35-  Las pesadillas.
36-  Regar.
37-  Sacarme la pelusa del ombligo.
38-  Los primeros planos y los planos generales extremos.
39-  Doblar a la turbamulta en las películas de catástrofes (“¡Oh, Dios mío, moriremos todos!”).
40-  La radio.
41-  Cantar con voz grave en un cuarteto de duduá.
42-  Las estaciones de tren abandonadas, los barcos varados, las casas deshabitadas y las fábricas de ladrillos oxidados y manómetros a cero.
43-  Formentera en 1980.
44-  La bossa nova.
45-  El agua con gas.
46-  Los chistes de mi padre y practicarle la maniobra Heimlich a mi madre.
47-  Las lágrimas de San Lorenzo.
48-  Esa palabra que no conocía.
49-  Encontrar y coleccionar fotografías de desconocidos.
50-  Ver figuras en mi caca.
51-  Lo usado (menos los zapatos).
52-  El Padrino II.
53-  Rascarme hasta hacerme sangre.
54-  Los sombreros y cualquier otro tipo de objeto que se pueda colocar sobre la cabeza.
55-  Mi árbol genealógico.

No me gusta

1-     Que a Ana no le guste que estornude muy fuerte.
2-     Los gritos.
3-     Las puertas que chirrían en las clínicas.
4-     Navegar.
5-     Amontonarme.
6-     La música grandilocuente.
7-     Los coches.
8-     Los perros pequeños.
9-     Las avenidas.
10-  Los maleducados (sobre todo los niños y los viejos).
11-  La anestesia.
12-  Más de seis personas.
13-  El lavavajillas.
14-  Cortarme las yemas de los dedos.
15-  Mutilarse.
16-  Despertar de mal humor de la siesta.
17-  La adolescencia.
18-  Dios.
19-  Los paletos.
20-  Los que ocupan las aceras.
21-  Los que creen que eres un asesino en serie por tener la camiseta manchada o un agujero en el pantalón.
22-  Los trucos.
23-  Que se enrede un pelo entre los dedos mojados.
24-  Las bayetas aceitosas.
25-  Los que conducen con la palma de una mano.
26-  La superstición.
27-  La vanidad.
28-  Mi nariz taponada.
29-  Que no me devuelvan los libros.
30-  Los que dicen que les gusta la comida basura.
31-  Las astillas.
32-  Los que se sientan a mi lado en el autobús o el metro y, poco después, cambian de asiento.
33-  Las fiestas sorpresa.
34-  Las enfermedades con r doble: piorrea, gonorrea, hemorroides, sarro, garrapatas, burricie, etc.
35-  Ser insomne e hipertenso.
36-  Tolkien.
37-  Comer al aire libre.
38-  El sonido eco-caverna-palatal de los que comen pipas.
39-  El hipo.
40-  Los que no dejan bajar antes de subir.
41-  Que después de cocinar con calma se coma con ansia.
42-  Los espías.
43-  Envejecer.
44-  Cenar fuera de casa.
45-  Los racistas inversos (aquellos que tienen un amigo negro porque mola, aunque sea un gilipollas).
46-  La intranquilidad de la que no escapo.
47-  Los parásitos, incluidos la lamprea y los perros pequeños.
48-  Volar en avión o en cualquier otro artilugio humano (me fío más de la tecnología extraterrestre).
49-  Los chicles pisados en las aceras.
50-  Las redes sociales.
51-  Los pelos que crecen en lugares inopinados como las orejas o los omóplatos.
52-  Vivir sin parar, que es un sinvivir.
53-  Medicarme.
54-  Quienes se empeñan en enfrentar asuntos compatibles: ¿y tú de quién eres, de Tintín o de Asterix? ¿de los Beatles o de los Stones?
55-  Quienes no entienden que no se puede ser a un tiempo del Barça y del Madrid, a veces de izquierdas y a veces de derechas, etc.

jueves, 19 de diciembre de 2013

Vivir sin parar es un sinvivir


Quien acuñó la frase "Vive cada minuto como si fuera el último de tu vida" era un gilipollas. Si vives cada minuto de tu vida como si fuera el último la palmas en pocos minutos. Vivir sin pausa es de cretinos y no sirve para nada. Yo soy un cretino. No siempre, porque estoy un poco vivo, pero sí a menudo. Los minutos, las horas, los días, las semanas, los meses, los años pasan a una velocidad de vértigo cuando vives cada minuto como si fuera el último. Como dijo Lennon: "La vida es aquello que te ocurre mientras haces otras cosas" (o algo así, que no tengo tiempo para buscarlo en Google). La vida debería componerse de ávidos momentos de curiosidad, tiempos pausados de reflexión y otros tantos de letargo. Yo, ahora mismo, sólo siento intranquilidad y también, paradójicamente, un profundo hartazgo. Y va y me pongo el WhatsApp. Lo dicho, soy un cretino.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Tres frases de memoria obligada entre mis amistades


"El mundo es como... una pera". C. O. E. de sobremesa, tras una extensa conversación acerca de la existencia o no existencia de Dios y la preponderancia del azar en el universo y nuestras vidas en contraposición a la idea del orden dentro del caos planteada por el matemático Fibonacci en el siglo XIII.

"Señora, yo me ahorco". E. M. C. tras un involuntario episodio erótico-etílico con una mendiga vieja.

"La madre de David es el padre de Javier". Poema escrito con el dedo por F. G. B. en el barrillo de la luna trasera del Ford de la madre de David. El poeta, siempre preciso en la expresión, añadió más tarde en palimpsesto: "La madre (negra) de David es el padre de Javier". A la madre de David no le hizo ni puta gracia la hermosa sentencia cuando, por la mañana, condujo su coche de camino al trabajo.

 

lunes, 28 de octubre de 2013

Manolo Escobar




Nos mudábamos de estudio y Carlos se deshizo de muchos cuadros y esculturas que ya no le gustaban. Según me dijo, eran un lastre. Llegué tarde al taller, a eso de las once, y Carlos tronzaba los cuadros, vueltos del revés, a patadas en el bastidor. Supuse que le resultaba menos doloroso que los cuadros estuvieran apoyados de cara a la pared, sin mirarle. Aunque tampoco vi que sufriese demasiado en la tarea. En realidad, parecía disfrutar. Contradicciones de artista, como suele decirse. O simple disfunción, como la de cualquier otro. El caso es que pude rescatar la pieza central de un tríptico titulado "Final de copa". Los elementos laterales yacían desgarrados y astillados a un lado. No puedo describir la resolución técnica de la pintura, su brillo, transparencias o texturas (para esto habría que observarlo y tocarlo "en directo"), pero sí su narrativa. El elemento central, el que conservo y disfruto en mi piso, representa una gran copa sobre la que flota una gamba ingrávida. Mide 200 x 130. Cada uno de los paneles laterales, 200 x 70, aproximadamente. Si no recuerdo mal, en cada uno de ellos había una gamba orlada de rosas azules. Una de las gambas miraba a la derecha y la otra a la izquierda, buscando la simetría de la composición. Unos años antes, Manolo Escobar, que además de folclórico era coleccionista de arte, quiso comprar el cuadro. Pero, qué curioso, sólo le interesaba la pieza del centro. Carlos, como es lógico, le dijo que se trataba de un cuadro uno y trino, como la Santísima, y que de ninguna de las maneras iba a desmembrar su obra. ¡Ni por todo el oro del mundo! ¡Faltaría más! ¡Un poco de respeto, hombre!
Y esta es la historia de cómo Manolo Escobar no pudo comprar un pedazo de cuadro, de cómo Carlos perdió con dignidad algo de dinero y de cómo parte del óleo titulado "Final de copa" acabó colgado (y admirado) en una pared de mi piso.

Manolo Escobar (1931-2013) DEP (aunque yo era más de Lou Reed).

miércoles, 23 de octubre de 2013

Queridos amigos





Muy queridos amigos:

Este verano, en el Aruba, mi idolatrado amigo J. E. tuvo a bien abrirle los ojos a mi hijo: “Tu padre es un quejica y un llorón”. Ya lo tenía yo jodido para esquivar hacia el solete la espesa sombra de Frank de la Jungla, la única figura masculina que venera mi Antoniet, como para que el J. E. echase la última paletada de escepticismo sobre mi moribundo respeto paterno-filial. Sí, siempre fui un quejica y tendí a la soledad melancólica y, desde luego, nunca tuve el menor interés por jugarme el físico entre animales salvajes, exceptuando los renacuajos y los cangrejos que capturaba de pequeño en la desembocadura del río Algar, que están por domesticar pero no te matan. Tampoco he sido optimista. Ni creo que la felicidad alcance más allá de esos breves instantes de pellizco estomacal que sentimos muy de vez en cuando. No sé quién dijo que es preferible ser pesimista, porque si las cosas salen mal (como es costumbre) siempre puedes echarle en cara al optimista su ingenuidad con frases tan rotundas como: “Los lo advertí” o “Se veía de venir”. Ahora que me acerco a los cincuenta, el declive físico (en franca decadencia desde mi primer llanto) y, sobre todo, el intelectual, hacen que se hayan acentuado estos rasgos de mi carácter, entre los que habría que incluir la cobardía. De hecho, tiendo sin disimulo hacia el aislamiento. Por cierto, el caso es que llevaba del todo hilvanado este discurso y, de golpe, he olvidado a qué venía… ¡Ah, sí! Que vosotros tampoco os libráis de esta inevitable decadencia. ¡Panda de cabrones!
Ignoro cuáles serán vuestros síntomas, pero me permito enumerar, no sin cierta coquetería, los míos: conservo el pelo de la cabeza, aunque del color de la ceniza del abedul (o de cualquier otro árbol o arbusto, pero "abedul" suena más chistoso que "olmo", por ejemplo). De hecho, tengo más pelo que nunca, pero crece en lugares excéntricos como las orejas o los omóplatos. La faz es la que corresponde a un insomne mediterráneo que nunca ha usado gafas de sol. Me explico: ojeras perennes que, de cerca, dibujan unos anillos estratificados, como los del ágata o el eccema marginado de hebra, y que fluctúan en gradiente del verde vejiga al azul ultramar, moteados por pequeñas verruguitas de un ámbar desvaído. Mis ojeras parecen un cuadro puntillista. Las patas de gallo, cuyos espolones surcan las mejillas hasta la papada, enmarcan el Seurat. El espectador atento descubrirá en la composición, bajo las cejas hirsutas, muy velado, el brillito de los ojos azules apagado por el barniz amarillo de la presbicia. De cintura para abajo, por resumir, tetas caídas, barriga y estrías en el culo. Y en cuanto al interior, hipertensión (no debo comer con sal), azúcar (no debo comer dulce) y gases, aunque esto último más por afición que por otra cosa. También padezco frecuentes episodios de apnea de la memoria, o sea, que me quedo lelo de manera imprevista. A menudo olvido el nombre de mi interlocutor al que llamó “tú” o “Paquito” (incluso cuando se trata de una fémina). Más de una vez, por despiste, me he bajado al perro en zapatillas de ir por casa, de esas de jubilado: a cuadros y abrigaditas por dentro. Aunque, por fortuna, este calzado pasa desapercibido en un barrio por el que la vecindad se pasea en bata de boatiné, pijama, albornoz o, directamente, aireando la titola. Además, no soporto que trastoquen mis hábitos intestinales. Si no cisco a mis horas, me irrito y me engordo. Por no hablar del sueño: si no me acuesto antes de las doce, no duermo mis tres horitas diarias. Y yo si no duermo mis tres horitas diarias no soy nadie.
Así las cosas, me ha dado por pensar que debo retomar mi cariño por vosotros (sé que vosotros nunca perdisteis el vuestro por mí). Por eso lanzo este mensaje de náufrago a sabiendas de que nadie lo leerá. (Las últimas estadísticas indican que el tráfico de visitas a este blog es similar al de un domingo en las islas Pitcairn).



domingo, 6 de octubre de 2013

Mago depone

Mago gira sobre sí mismo hasta que encuentra el centímetro idóneo donde dejar caer la deposición. Entonces, adopta la posición del dibujito de la señalética de los pipicanes y aprieta fuerte, tensa los músculos trémulos, estira la cola y desenfunda el lápiz de labios, carmín, lipstick o rouge (o sea, la pilila). Yo le miro de refilón, porque a Mago le da vergüenza que le observe cuando abona. A Mago se le pone cara de pena cuando entripa el morcón. Hoy Mago tiene su camada en las riberas del río Algar. Va suelto de correa y esfínter. Yo escucho con los auriculares el "Claro de luna" de Debussy y pienso y huelo que es bueno vivir aquí. Huele a caca de Mago (que recogeré), pero también a mar, higuera y caracoles. Estamos en octubre y esta mañana he buceado en el mar. Y pienso que mi perro y yo queremos vivir aquí, en nuestro lugar en el mundo.  

El Cabanyal




Cuando me muera, si he sido bueno, viviré en una réplica celestial de mi barrio.  Y las  puertas del cielo serán las de Casa Montaña. Mi barrio es el mar y el puerto, una niña que hace pis entre dos coches, un atardecer imposible, el gato negro que come en el solar las galletas de la vieja loca, mi hijo y sus alegres pillastres, el modernismo humilde, los gitanos de puertas abiertas, un quejío desentonado, mi hija y sus amigas que intuyen el futuro, el boxeo cinematográfico, la bici robada, una soprano rusa en un balcón alquilado, una rata atropellada y muebles meados y arrumbados al lado del contenedor.
Mi barrio no es la Copa del América, ni la Fórmula 1 ni Madrid 2020, que, finalmente, se celebra en Tokio.